Al
igual que el dengue, la leishmaniasis mucocutánea o “espundia”
es una enfermedad de origen vírico y sus transmisores son algunas variedades
de mosquitos del tipo flebótomos. Básicamente ataca al hombre
y a animales de sangre caliente. El contagio se produce a través de
la picadura del mosquito portador del protozoario causante de la enfermedad.
El factor más grave de la leishmaniasis radica en que su sintomatología
es lenta lo que provoca que en ciertos casos no se produzca la detección,
o bien el diagnóstico apunte hacia otra patología.
Los cuadros más agudos que provoca la leishmaniasis pueden derivar en lesiones dermales severas, tales como ulceraciones, heridas e inflamaciones. La gravedad de la infección varía de acuerdo a la virulencia del protozoario y la susceptibilidad del infectado.
Las variedades de mosquitos transmisores de leishmaniasis se hallan presentes en zonas de alta vegetación, tales como selvas, montes y bosques. Se ha comprobado que la desforestación de espacios naturales, especialmente en las regiones subtropicales, constituye uno de los factores más criticos para la propagación de la leishmaniasis.
La prevención fitosanitaria y el adecuado control epidemiológico
de los vectores transmisores constituyen el medio más eficaz para prevenir
esta enfermedad. Asimismo, no se dispone todavía de vacunas contra
esta enfermedad aunque existen varios tratamientos, como el de Glucantime
que requiere su aplicación (inyección) diaria durante varias
semanas, bajo supervisión médica.
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