[ DESCUBRIENDO UN NUEVO MUNDO ] por Iñaki
Ibarrondo Martínez de Mandojana
Esta historia empieza una calurosa mañana del mes de mayo.
En el interior del finger Tango 13 del aeropuerto de Barajas, el
desembarque del vuelo 1300 de Air France procedente de CDG, daba
comienzo.
Dos diligentes coordinadores y un operario de rampa con una silla
de ruedas esperaban a que este finalizara.
Y allí estaba yo, repasando las frases en francés,
que con mucha paciencia me habían enseñado mis compañeros
de Spanair. ¡Gracias Ana!
El desembarque finalizó, y entre Sophie y Nicole (las 2 voluntarias
francesas que les acompañaban), aparecieron el pequeño
Moustapha y otra niña (cuyo nombre se encuentra en algún
lado de mi cerebro pero no logro recordar). Moustapha llegaba un
poco aturdido, se acababa de despertar y ya llevaba unas cuantas
horas de vuelo desde su Nouakchott natal. Tenía la cabeza
afeitada y su única indumentaria eran unas chancletitas y
unos pantalones cortos con una camiseta. Su equipaje se reducía
a unas piezas de fruta, que como destinatario y en señal
de agradecimiento, tenían al que os escribe estas líneas.
La cara de los niños cambio radicalmente cuando de mi bolsa
saque 2 "chupachuses", la niña que empezaba a dejar
escapar alguna lagrimilla, me dibujó una sonrisa, y Moustapha
más duro de pelar, se deshizo rápidamente del envoltorio,
y se lo metió en la boca. Después de hacernos unas
fotos nos despedimos y Moustapha y sus 97 cms. de humanidad se aferraron
a mi cuello y no lo soltaron hasta que a lomos de un carro de equipajes
comenzamos un pequeño tour por Barajas.
Cada establecimiento que visitábamos, los ojos de Moustapaha
se hacían más y más grandes, el ir y venir
de gentes, las luces, los juguetes... Os podéis imaginar
su cara cuando una dependienta le roció con un spray de colonia
su muñeca y le acercó ésta a la nariz... o
el susto que se llevó al pulsar el botón de la cisterna
en el baño. Cuando se repuso del sobresalto, le cogió
el gustillo y sonreía mientras la cisterna se vaciaba de
agua. Pequeños detalles que nos recuerdan lo privilegiados
que somos por haber nacido en esta parte del planeta.
El personal de facturación de Iberia no sólo nos
facilitó todos los trámites, sino que estuvo haciéndonos
compañía. Para entonces Moustapha ya empezaba a soltarse
con unos rotuladores y un bloc de dibujo. Y entonces empezó
a comportarse como lo que es: un niño. Aunque no podía
andar muy bien, empezó a corretear y a descubrir los distintos
rincones de la T3 del aeropuerto, y no contento con eso, se dedicó
a posar para las fotos que le hacía, poniéndose erguido
y cruzando los brazos. ¡Menudo crack!
La tripulación del vuelo fue encantadora. El comandante
del vuelo al ver que iba cargado con Moustapha en un brazo y unas
bolsas en el otro, sin habernos conocido siquiera, me ayudó
con éstas, para que pudiera subirlo mejor al avión.
Una vez en vuelo, Moustapha se acurrucó en su asiento y en
posición fetal se quedó dormido hasta nuestra llegada
a Pamplona.
Compartir esas horas con Moustapha, se convirtió en una
experiencia difícil de olvidar. Sus ojos abiertos como platos
y su tímida sonrisa no se borrarán fácilmente
de mi mente. Cuando se recupere, entre todos habremos conseguido
que su vida sea un poquito menos difícil.
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